«La vida extraordinaria», de Mariano Tenconi Blanco: la poética efimeridad del ser
Redacción Puro Teatro 14 de julio de 2026 15 min de lectura
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«La vida extraordinaria», del argentino Mariano Tenconi Blanco, se encuentra en el teatro del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, en montaje dirigido por Malcolm Malca, con actuaciones de Mónica Sánchez y Liliana Trujillo, que comparten por primera vez escena (a pesar de su formación común en el TUC); y voz en off de Mónica Rossi. Interpretan música en vivo Fabio Rojas y Raciel Salas. Este lunes 13, llega a su fin la temporada de una puesta muy lírica en su sensorialidad escénica y textual en la que se despliega una química potente entre las actrices, y entre los personajes que sostiene la tensión y ritmo de la puesta.
La obra se centra en la amistad prolongada de Aurora (Mónica) y Blanca (Liliana), a prueba de cualquier erosión de tiempo y distancia, como correlato terrenal del maravilloso milagro (en palabras de Tenconi) que constituye la vida desde la creación del universo. La existencia condensa humanidad y biología, evolución a través de dos seres que plasman la efimeridad del hallazgo más trascendente del mundo que nos acoge.
El eje de la pieza es el vínculo sóroro, entrañable entre Aurora y Blanca, su ciclo vital plasmado por dos performances que canalizan tanto la visceralidad como la vulnerabilidad de las protagonistas y de quienes las apreciamos desde la butaca. Y, definitivamente, el montaje me atrapa esencialmente desde la conexión sinestésica de esa procacidad expresiva con la atmósfera en escena; en cómo los personajes empatan con esta última en verbo, voz y cuerpo, cara a cara y a través metadiscursos literarios que articulan el vínculo entre las protagonistas.
(En adelante, spoilers esporádicos)
Dos caminos, una vida en el tiempo
Dos mujeres como cualesquiera otras, dos amigas desde los cinco años de edad en su natal Talara, habitan vidas tan cotidianas como las nuestras, tan anónimas como casi todas, que enfrentan el día a día entre curiosidades y sorpresas, sueños y frustraciones, logros y derrotas, crecimiento y partida. Ambas construyen sus lazos en presencia y a través de la literatura en distintas manifestaciones que les otorgan fuerza resiliente y visten el texto de un aura poética.
La obra atraviesa las vidas de Aurora y Blanca a través del tiempo y a pesar del tiempo. Podemos hilvanar los aconteceres desde la infancia de ambas hasta su entrada madurez, pero estos no se suceden, necesariamente, en un hilo que avanza en la misma dirección que el calendario. Así, se nos presentan los personajes en el retorno de Aurora a su tierra para la exequias de su padre, el librero del pueblo. Desde ahí, en una joven adultez al pie del ser más querido (junto con su amiga íntima) y de una ballena varada, Aurora y Blanca encuentran la esencia de la vida desde dentro y afuera; y, nosotras/os, el punto de inflexión para lo que vemos durante la presentación.
Y sí, las vidas de cada una y de ambas avanzan, pero lo hacen entre miradas al pasado y ampliaciones descriptivas en el presente, entre vaivenes futuros que se sienten como de hoy, en este momento, develados todos de modo autorreferencial como dando voz a terceras/os. Es más, confrontamos el día que se conocen las dos amigas, infantes, desde la Aurora y Blanca en garbo, voz y mirada adultas, como evocando el inicio de la vida conforme se va acercando el camino a la muerte. En breve, la linealidad de las protagonistas se refracta a través de un discurso literario que canaliza, con quiebres y apartes en el tiempo, la visión de los personajes en ese recorrer temporal. A lo largo de unos ciento diez minutos, en distintos momentos de sus vidas, las dos amigas departen entre diálogos, preguntas, confesiones; en recitales de poesía en que participan u organizan; a través de textos epistolares y testimoniales que articulan una vida conjunta y en paralelo, disipada por el viaje de Aurora a Lima, reunida por las cartas que se escriben y el diario de cada una.
En ese marco, esos diarios constituyen una expansión de cada una de estas vidas, una especie de pausa para estirar la temporalidad en modo horizontal y adentrarnos en los procesos de cada cual en su madurez hacia un clímax que decanta el final futuro de una y otra, y ambas. En esas enunciaciones testimoniales, se explicita, con mayor énfasis, algo que íbamos apreciando desde el inicio: la complementaridad de estos dos personajes en apariencia opuestos. Las dos se apartan y convergen en cada recuento de fechas en una, en días de la semana en otra; en la muerte del padre de Aurora, de la madre de Blanca; en la ruptura matrimonial por una pasión tórrida por iniciativa, en el quiebre hacia una pareja por alejamiento gélido; en la partida con un hijo en brazos, en la pérdida de un ser por venir; en el fuego por despecho, en el hielo escurridizo. Cada diario compone un monólogo que parece una pieza dentro de la mayor que la subsume; y deja tela para que los personajes muestren en texto, voz y cuerpo la sangre vital que corre por dentro y que puede desencadenar casi la propia muerte.
Ahora, no es que se inserten acontecimientos llamativos en términos de historia, motores que impulsen la trama a través de un conflicto narrativo como eje que oriente una acción dramática, según el autor. Pero sí hay quiebres notorios, no quizás para una portada de diario nacional, mas sí para un poblado más pequeño en Talara, y de una sensibilidad mayúscula para la vida de cada una de estas mujeres. Los sucesos son memorables, porque lo son para las protagonistas. Conocemos, con lujo de detalles, pormenores de sus amores y amoríos, de su alcanzar una relación al parecer estable pero que atraviesa baches que hacen virar los focos y sentimientos de Aurora y Blanca. Ambas se miran y proyectan sus respectivas ansias sexuales, con detalles sin pelos (y sí salivaciones) en la lengua que no resultan chocantes sino tiernamente graciosos, en tanto que son honestos. Por su intercambio de misivas, ellas van conociendo los rumbos de la otra como mujer, como pareja, como madre en ciernes; por sus diarios, vemos los momentos más álgidos y cada tormento a flor de piel, las venas que exudan más y más vísceras y desenfado, en un discurso de tono lírico que las tamiza pero que potencia su fuerza sensitiva.
En sí, más que una historia con gatillo y puntos de quiebre que evidencien un conflicto dramático por resolver, tenemos un cuadro de intensidades alternadas entre momentos dolorosos confrontados con entereza y empatía mutua, picardía juguetona del despertar libidinoso jovial como de la mujer que calienta la monotonía del día a día, sensación de vacío ante la incertidumbre como desazón por el tiempo “perdido”. Y todas esas sensaciones no son triviales ni pasan desapercibidas: Aurora y Blanca son dos fuerzas de choque que van juntas por la tierra por la que caminan, y no escatiman en brotar sus efusividades viscerales como la pasión herida que las habita. Ese andar diario “insulso” para arco argumental aristotélico no es nada insípido en vitalidad, emotividad, en humanidad. Las dos amigas crecen, sueñan, se enamoran, se frustran; existen. Son más personas ante nuestros ojos porque aman, desean, pierden, lloran, hieren, blasfeman en voz, cuerpo y verbo como cualquiera de quienes estamos en la butaca, porque están vivas.
Y, en particular, lo que viven Aurora y Blanca lo viven juntas, a lo largo de cada uno de los días desde que se conocen: se encuentran un día y no se sueltan nunca. La compenetración de las protagonistas es una proyección ostensible de la gran química entre Mónica y Liliana como actrices que funcionan como un solo cuerpo entregado física y emocionalmente a construir la empatía entre sus dos personajes. Más allá de tal o cual suceso u ocurrencia, están siempre una para la otra, una con la otra, in situ, en sus escritos, en sus lecturas, en sus poemas. Esa complicidad entre ambas, plasmada con una fuerza que sale desde el forro y atraviesa a su par se va sucediendo con una tensión latente que estalla por momentos, pero con la ternura de la amiga que escucha sin importar qué ocurra, ni dónde ni cómo. Y esto lo vemos en la compañía solícita y sincera de ambas en presencia o en unas líneas escritas a distancia; en el beso que se dan o no para prepararse para el despertar incontenible del deseo; en la mano tendida ante la partida del ser querido, o ante la fugacidad del amor carnal o iluso. Y no puedo testificarlo, pero percibo que esta puesta, así sea escrita por un hombre, es recibida con corazón especialmente abierto por el público femenino.
«Habría que reemplazar la palabra muerte por la palabra poesía». Cada una enfrenta momentos turbios y dolorosos, pero siempre con la otra como espejo de conciencia o como abrazo resiliente. El diario, las cartas, los versos (más procaces que líricos, desde mi sentir) están siempre en ellas, en sus vigilias, en sus anhelos, en sus apetitos coprolálicos. Para Tenconi, ese apego al escribir y leer es fundamental para resistir (acoto, juntas). Los dos personajes se aferran a la literatura ante el designio de la vida: «Habría que reemplazar la palabra muerte por la palabra poesía». Las dos atraviesan sentimientos extremos dentro de sus respectivas cotidianeidades; ambas quisieran, quizás, que la vida fuera más un recital en verso, que la muerte que las visita en la vigilia que carguen o en sueños que vislumbran no sepan tanto al día a día. Pero ese día a día que lleva a la muerte es, precisamente, la vida.
«La vida es una y la misma»: del caos al cosmos
Si la historia de Aurora y Blanca inicia con una partida y, dramatúrgicamente, esta decanta el inicio de las vidas que apreciamos en escena, este disparador secuencial devela, esencialmente, una premisa de Tenconi y que repercute en la visión trasversal de las protagonistas: «Cuánta vida y cuánta muerte hay en todo». Vamos conociendo el paso de estas mujeres como que estamos de paso nosotras/os. Y ese paso puede ser un punto en la trascendencia del universo, pero es lo que lo hace trascendente. Según la pieza (eso entiendo al menos), la muerte de una vida y el inicio incansable de otras nos hermana como seres humanos y como seres vivos («(…) nos hace hermanos a esa ballena». Todas/os estamos emparentados como seres del universo, porque somos muestra de la vida, de la efimeridad de vida, de eso que ocurrió en un microsegundo pero que no deja de ocurrir desde que se crea el universo en menos tiempo que el ebullir un huevo (paráfrasis). Y, en ese sentido, en tanto que transcurre y muere, la vida, como fenómeno inexpugnable, mantiene al mundo (permítaseme la redundancia) vivo: morimos, pero algo se mantiene: la existencia en ese mundo. «La vida es una y la misma»; pasamos a través de ella, pero no deja de haber vida; y eso es lo extraordinario. La vida de Aurora y Blanca es maravillosa por su cotidianeidad, por su efimeridad; porque eso que pasa por ellas pasa con cualquiera de nosotras/os, y es en ello que reside su continuidad, su esencia.
Precisamente, como marco de este discurrir de dos mejores amigas, la puesta inicia, se anuda y termina con una voz en off omnisciente que nos reseña el origen del universo y de la vida en él, y el final inminente de este a pesar de que parece interminable. El curso biológico del mundo, del firmamento se presenta como referente ontológico del recorrido de Aurora y Blanca en Talara, en un pueblo pequeño, pero que es tan universal como cualquier punto en la Tierra. Sea por big bang, por ventura alienígena o por fuerzas recogidas en sagradas escrituras, el quehacer de cada quien es análogo al del mundo: tiene puntos que disparan con todo y hacia todo, mesetas, caídas vertiginosas, hendiduras en el pecho, fortaleza que parece sobrepasar agujeros negros… fin del viaje. Y este devenir lo percibo más cíclico que lineal, y ello reflejado en las evocaciones hacia atrás y los saltos hacia adelante, dentro de un hilo conductor temporal que nos funciona como ancla para explayar la intensidad interior de cada una de las protagonistas. Así, la apelación a metadiscursos literarios posicionan nuestra atención en el aquí y ahora de la enunciación antes que en el tiempo enunciado. Las cartas y réplicas de una a otra (u ocasionales intervenciones de terceras/os), que casi comparten escenario con ambas, fraccionan la continuidad y, en ello, refuerzan la sensación de que cada paso que dan es irrepetible, inasible, como el polvo de nieve en la Ushuaia donde sitúa la obra Tenconi, como los gránulos de arena o tierra en los tablazos de Talara que nos presenta Malcolm.
«No hay nada más hermoso que el avión aterrizando en Talara»
Esta debe de ser la frase que más me llama verbalmente a lo largo de la función, y una que se condice con la puesta poéticamente sensorial en el montaje conducido por Malcolm Malca. Nos recibe un espacio vacío como sacado de un desierto árido, el de Sechura, pensaba, en mis memorias piuranas; mas Talara está poblada no por el desierto sino por tablazos marinos, superficies escalonadas. Y vemos unos mantos tersos en el piso y un hermoso velo medio convexo suspendido en el cielo, como una capa invertida de volador (postre) limeño; piso y bajo techo evocan esa Talara que nos pinta Malcolm en su montaje: su suelo terroso, su bruma de aroma seco más allá de encontrarnos al pie del mar. Visualmente, me siento atrapado por esa especie de fanal abierto invertido que se mueve en su quietud como existencia como fenomeno cósmico y humano, que muta cromáticamente junto con el escenario, siempre en tonos claroscuros íntimos, desde una arena pálida a un rojizo paulatino, del amanecer (aurora) a un día más neutro (ocre, blanco) y hacia un ocaso más incandescente pero no atrevido; en paralelo con el discurrir de la obra, de las vidas ascendentes y oscilantes (en espacio y tiempo) de Aurora y Blanca.
«No hay nada más hermoso que el avión aterrizando en Talara» En ese cuadro onírico, las protagonistas copan el escenario con una silla y un mobiliario modular que mueven constantemente para insertarnos en un momento dado o evocado en presencia o memoria. Y ambas lucen un vestuario contrastado dentro de su sobriedad inicial, que gira hacia tonos más cálidos y brillosos en el transcurso del montaje. Mónica y Liliana están micradas, pero con sutileza que cede espacio al micrófono de parante ante el cual comparten versos con el auditorio. Hacia atrás, a la izquierda desde nuestras butacas, Fabio Rojas y Raciel Salas, músicas/os, acompañan a semi oscuras, pero no ocultas/os del todo, ese paraje baldío con sabor a nostalgia latente a pesar de los picos de irascibilidad, lascivia y desenfreno que vierten las protagonistas. La percusión y la guitarra eléctrica jazzeadas parecen buscar complicidad con el espíritu juguetón de las dos amigas (Blanca, incluso, intercambia verbo con Fabio y Raciel); en más intimidad, la baqueta vira hacia un rasgado suave, aterciopelado y las cuerdas se perciben más acústicas. En lo personal, aquí siento más la brisa yerma en que me envuelven Aurora y Blanca, y la textura musical más cercana a la emotividad que me transmiten el verbo y el trabajo vocal de las actrices en sus respectivos personajes. Y, en otro recodo temporal, el fondo entra en modo sampler digital pero con una escucha tan certera que, realmente, oigo con blanca las focas al borde del agua gélida de la Antártida.
Por supuesto, la voz relatora sensiblemente omnipresente de Mónica Rossi, que empata la vida de las protagonistas con el decurso del universo; y las imágenes vertidas en el trasfondo con tipografía como dibujada con pluma de antaño componen un colofón para la atmósfera lírica híper sensorial que tiñe toda la puesta de poesía de cámara con aires de pueblo tardío que recubren la intensidad interior y fuerza vocales, corporales y gestuales de Aurora y Blanca, de Mónica y Liliana.
Nuestros sentidos son invitados a palpar la vida de estas dos amigas que viven bajo el cobertizo de la palabra escrita y leída; que no se guardan mordacidad y referencias genitales (incluso, en la locuacidad de los recitales irreverentes en que se refugian en voz alta) que recibimos con gracia y sonrisas. El marco sensitivo que nos alberga refuerza el tamiz del candor de misivas y diarios, con la textura sensorial que rubrica su espacio escénico físico.
Fin del viaje…
Malcolm Malca trae el vínculo de dos amigas de siempre, surgido en la fría Ushuaia, fin austral de la Argentina de Tenconi y del mundo, a la tórrida Talara, en el norte peruano. En ella, nos acerca a la aridez del espacio en que nace y crecen dos mujeres, en la escenificación, bajo un aura marcadamente sensitiva como correlato de un texto que, como afirma el autor y recoge Malcolm, constituye un encuentro trasversal entre el teatro y la literatura, entre el vivir como existencia inconmensurable y las vidas respectivas de cada quien.
«La vida extraordinaria» es una pieza escénica que presenta dos mujeres potentes como sensibles, distintas entre sí, opuestas en cierto sentido, complementarias siempre, como dos asteroides que recorren su universo en órbitas paralelas hasta colisionar con tierra firme y acabar con ese milagro, dice Tenconi, que es la vida, que surgió y nunca pudo parar; porque, cuando el fin llega, otro comienza. Pero este periplo sí tiene término en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico. Puedes experimentarlo hasta este 13 de julio a las 8:30 PM. No esperes que se acabe el viaje.
Paulo César *
*Paulo César Polo Chávez es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.
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