«Debo confiar en mí Lo tengo que saber (...)» (2)
«Cómo salir de la depresión escuchando a Charly», segundo unipersonal de Gabriel (Tito) Iglesias, se presenta este mes festivo en Teatro Barranco tras una acogida bastante cálida en su temporada previa (de estreno) entre abril y mayo de este año. La puesta es dirigida por Carla Valdivia; la producción ejecutiva está a cargo de Camila Gómez.
En esta ocasión, Gabriel mantiene la salud mental como eje articulador. Mas, a diferencia de su proyecto previo, «Criaturas ansiosas», este se aleja de la autoficción y se construye como testimonial; mantiene el tono personal que apreciamos en su trabajo anterior, pero en un tono más íntimo, más notoriamente de cámara, y con una perspectiva más interior. Gabriel nos hace cómplices de su viaje, con un relato acústico en clave de teclado en luces bajas. Somos testigas/os de su periplo por hallarse consigo mismo, en el derrotero por reflejarse en el espejo de Charly García, a quien admira como cantautor y como persona. Empatizamos con una obra confesional sobre cómo llega el personaje autodiegético (autorreferido) a pararse y sentarse ante nosotras/os para encontrarnos con la performance que estamos viendo, y la que escuchamos y cantamos no solo hacia adentro con una guitarra evocada al lado, a través de un piano, de un teclado. Comparto con ustedes mis sensaciones con nostalgia sonriente ante una escenificación que evoco en estas líneas, con tono madera y gaseosa con hielo negra.
Del objeto al sujeto
«Si fue hecho para mí
Lo tengo que saber
Pero es muy difícil ver
Si algo controla mi ser» (3)
En «Cómo salir de la depresión escuchando a Charly», Gabriel se posiciona como sujeto y objeto presencial único, del proceso de exploración de su condición depresiva. Recuenta la travesía emocional por dar en verbo y pentagrama con una voz que replique con veracidad cómo se siente, quién es. Procede ya no objetivando el estado emocional del protagonista en personajes externos autoficcionales sino mirando hacia adentro, documentando la búsqueda del yo creador por encontrarse como artista y como persona, y superar la depresión. Si en «Criaturas ansiosas» sentíamos toda una banda digital policromática personificada físicamente más allá de las cuerdas y la percusión (ejecutadas, además, por el propio Tito), en «Cómo salir (..)», el actor es el protagonista de su propia creación en piano a luz baja: él es el único personaje creador in situ de una escenificación que sabe a café por la mañana, pero que necesita atravesar un trago amargo para beberse en la terraza. Las distintas aristas emocionales del músico no se delegan en una hija o compañeros instrumentistas, como seres de ficción en ausencia focalizada en la mirada neurodivergente de Gabriel; nos acercamos a las experiencias reales del actor-relator en su grupo (sin necesidad de nombrar el conjunto; sí podemos intuir que se trata de La Roja Funk, grupo que integra como bajista) y, en particular, al bloqueo de quien hoy vemos en la intimidad de su laptop y su piano (en la temporada previa; órgano eléctrico en la presente).
«Pero es muy difícil ver
Si algo controla mi ser» (4)
Charly, el espejo Tito Iglesias crea en mirada y respuesta a Charly García, un espejo suyo como artista y como ser humano que busca sobreponerse al cobertor que lo anuda a sus propias sábanas: anhela emanciparse emocionalmente como Charly, a través de Charly. En su unipersonal, el actor quiere encontrar el cauce para componer ese tramado que le permita verse en el vidrio sin pestañas encubiertas; y evidencia su deseo de montar teatralmente ese sendero de introspección y exhalación creativa hasta el estreno en el auditorio o anfiteatro que ahora visitamos hacia las ocho de la noche. Atestiguamos ese esbozar, construir y concretar el espectáculo a media luz que estamos presenciando, una trocha agreste para el escénico que no sabe cómo hilvanar las teclas del guion del unipersonal que está concibiendo, que no atina a tocar en su órgano o piano el tema de Charly García que parece abrir las puertas de la obra que está escribiendo, pero que le cierra la ventana cuando se enfrasca en alguna disonancia hostil. El peregrinaje creativo que el argentino recorre desde los años setenta y que atraviesa varios de los más de veinticinco de Gabriel como artista constituye un prisma en que este último desea reflejarse, pero parece refractarse. En ese cristal referente, desde los años noventa, lapsos bien oscuros (entre otros, de distintas dependencias químicas, artísticas, emocionales) conviven con una creatividad musical perenne, con un espacio de resiliencia que el peruano de cuarenta y contando persigue en voz y texto. Ante nuestros ojos, el protagonista abre el teclado y se sienta solo ante él; se siente solo como él. No salta de su habitación a la piscina, como Charly; sí parece revolcarse en su cama sin poder llegar al living.
«Un escenario vacío
Un libro muerto de pena
Un dibujo destruido
Y la caridad ajena» (5)
Durante la función, el propio yo actor (digamos meta personaje) confiesa su inicial desdén por el bonaerense y su paulatina devoción por quien va descubriendo en el músico, en el poeta, en –anota– el ser turbado por las expectativas ante su propia genialidad y por sentirse abrumado por «(…) un rumor de voces que me gritan/y un millón de manos que me aplauden» en la merienda y kiosko del barrio, en la berma del Obelisco, en los escaparates de esta parte (incluso en las poses que yo -no Gabriel- coloco sobre la mesa) . Va viendo en las notas y, en particular, las letras de García que mantienen a este presente, un espacio de conexión con él y consigo mismo desde su recinto limeño.
«Say no more»(6): metatestimonial
Cada disco, afirma Tito, llega con una nueva pincelada tonal, una nueva estética, pero un mismo ser peleando por reinventarse en su cotidiano verterse de manera transparente en sus notas. Quien se decía que había alcanzado su último peldaño recrea un yo, un álter ego artístico a través de un lenguaje musical renovado: «Say no more», un álbum; un lema. Quien vemos en frente y el armado mismo en curso transitan juntos una estela análoga a la del solista de bigote vistoso: este último crece como artista y se siente más persona, en la obra que escribe, en los temas que interpreta. Desde mi percepción, Gabriel hace suyo el Say no more (nos lo verbaliza con énfasis en sendas ocasiones) para redescubrir su propio leit motiv creador como músico y escénico, y completar el unipersonal; y, por extensión (o, mejor aún, por intención) como persona. Y no solo edifica en tablas los pasos; nos lo/s cuenta. Pasa de la diégesis (nivel del discurso testimonial) a la extradiégesis (sobre el testimonial) con la naturalidad con que sus dedos se posan en el teclado cuando conectan con él.
En la entrevista que sostuvimos, me decía que el teatro permite oír más allá de la música, escuchar su lírica textual, en un momento en que –afirma– se entona mucho, se dice poco (me permito el fraseo). En el unipersonal, el artista encuentra la posibilidad de ir vistiéndose de capas emocionales mientras se despoja de cubiertas impersonales. Y este discurrir sobre un andar sombrío nos abraza, no obstante, con una sonrisa y humor cuando aparece el artista que se abre a su cuarta pared. El tono de cámara del montaje (más allá de algún ocasional vídeo de tersura áspera); el estar ataviado con un jean, un polo y un teclado, y recitarnos melodiosamente a García y hablarnos con «la distancia de la conversación» (tomo prestado a Ribeyro y lo recontextualizo) con una cotidianidad vocal despojada de cualquier tonito de escenario lleva que sus vivencias sean un poco las nuestras, que su tocar e interpretar a Charly sea nuestro sintonizarlo y cantarlo con guitarra de palo en los setenta y ochenta, en el walkman de los noventa o en nuestra siesta vespertina postmilenial. Como personaje, Gabriel se sienta, camina, se mueve como en su habitación o estudio enfrascándose en completar el guion en transición como se traba al interpretar García en el órgano; como narrador (autodiegético), nos habla y canta con la naturalidad de quien se presenta a tocar y melodiar en un café-bar en tono ámbar, de lámpara.
Charly, no un musical con canciones de Charly Y no estamos ante una obra musical en formato pequeño: las letras no se erigen para contarnos una historia; el actor y personaje toma prestadas unas (ya existentes) para construir la suya con más luces que cenizos que la apagan, desde el candor de una velada enchapada en marfil o madera. En nuestro diálogo post función, traigo a colación (sin simular género, estilo, sonoridad) el largometraje «Pink Floyd The Wall», para buscar ejemplificar el transmitir lo más pura y abiertamente un yo interno a través de las canciones que escuchamos en la butaca no en terceras/os sino como eco del propio protagonista; Tito parece coincidir conmigo. Indagaciones después, me entero de que plumas de la crítica musical argentina emparentan esta nueva estética de García con la del referido icono fílmico: su replantear su ritual de composición, en sonoridades superpuestas, de fondos incidentales discordantes, de texturas trasgresoras. Say no more. No presenciamos una pieza de teatro musical con canciones de Charly García; departimos con el yo de Gabriel en pos de los temas del artista porteño que transluzcan más fielmente la desnudez del protagonista.
Componer y tocar un unipersonal: «de la cama al living»(7)
Gabriel crea con Charly. Y crea cuando se permite redescubrir y explorar los temas del argentino, cuando los hace suyos. El trayecto que erige en su búsqueda de empatar con el compositor que emula es directamente proporcional al que procesa para escribir y construir su unipersonal: leer bien a García es leer con organicidad su yo dramaturgo: interpretar un tema del rockero emblemático sobrepasando los baches de la ruta dispara una puesta auténtica del proyecto que estrena en semanas. En escena, aparecen audios (en off) reales que guían a Tito en su vaivén creativo como aquellos que pretenden levantar al compañero de siempre de su enclaustro. Estos nos ubican en una atmósfera documental del trazo prolongado detrás de la forma que va cobrando el unipersonal y la premura por llegar conforme al estreno; la angustia de quien se siente en blanco; la diafanía asertiva de Carla como directora para despertar a Gabriel de un estado más autoindulgente que sincero.
En breve, apreciamos el diálogo de Tito con sus demonios nihilistas tanto en sus frustraciones propositivas como en sus reacciones intempestivas ante la voz compañera que orienta sus esgrafiados dramatúrgicos, la llamada telefónica cómplice del amigo; ante el espejo que parece quebrarse en el teclado cuando el piano le sabe más a refracción del bardo rioplatense que a proyección interiorizada de sus letras humanas. Encontrar una interpretación realmente suya de García es encontrar el decurso de su propia obra en escena; completar dicha entrega es hallarse no solo como artista sino también como persona. Reflejarse en el reguero en su estudio de actor y músico es voltear la página (o portada) de la depresión: dejar al ser oscuro postrado en la tarima y erguirse el hombre creador en su sala.
A lo largo de más o menos una hora, Gabriel recuenta con naturalidad este trajín de la hoja al teclado, del verbo a la clave de sol, de García a Iglesias. El Tito actor de la pieza que presenciamos escenifica el proceso de construir en equipo la metaobra que estamos disfrutando con él solo en primer plano, metiéndose en escena como personaje de esa intradevelación de sucesos testimoniados por él, y oscilando con el performer que entra en comunión expresa con nosotras/os entre palabras y canciones, extendiéndonos preguntas, evocando temas de los años mozos de García como de etapas inmediatas o ya más maduras entre los años noventa y dos miles… compartiendo su dificultad por trasladar su yo interior en los versos de Charly que pueda hacer suyos, cuando no da blancas con negras en el teclado. Y (spoiler explícito) abre la convención escénica mucho más hacia un departir sin filtro con el público cuando nos consulta por nuestras preferencias hacia los temas del hoy septuagenario, y cantamos con él, en especial, cuando buscamos en ellos, como Gabriel, ir de la cama al living.
«Cómo salir de la depresión escuchando a Charly» es una experiencia muy personal y honesta de Gabriel Iglesias, en que el creador-intérprete canta temas de un artista al que mira y admira en su intento de sanación, para sanarse él mismo haciendo suyas las letras del referente sureño. Hacia el final de la nota antes citada, le pregunto qué canción se siente en ese preciso momento; le pido que la toque: «Debo confiar en mí/Lo tengo que saber». García encuentra en Influenza, de Todd Rundgren (y en algunos otros covers –que admito que no sabía que pintaban su tintero), una voz para verbalizar la suya propia; Gabriel lee en los temas de Charly una válvula para cantar su depresión y refrescar sus sábanas, y poder dejarla descansar.
En Teatro Barranco, reconozco que podría extrañar la calidez de la madera que acogen las teclas del piano en la locación previa de las funciones, pero la imagen del órgano portátil me transporta quizás a la habitación del dramaturgo en si bemol, a las paredes que albergan sus frustraciones sostenidas ante «Un televisor inútil/eléctrica compañía (...)», para salir de «(…) una prisión que no es mía». Con Charly García, me estanco en las notas troveras o progresivas de los años setenta, y en el «Piano bar»(8) de una feria ochentera. Gabriel me retrotrae a mis tiempos de escolar, universitario, de adulto eventual; y me lanza una baraja que no para de curiosear entre el diapasón y mi memoria. La segunda temporada de este segundo unipersonal del cantautor escénico en busca de su «(…) melodía y verso»(9) llega a su fin (y no nos sorprenda que un arpegio de primavera nos sonría con una tercera), mas el camino por seguir indagando en la salud mental desde su propio respirar neurodiverso gris, por el momento, no parece escalar por ni buscar, techo cubierto. No esperamos un espectáculo musical per se, menos aún, uno con licencias autoficcionales (ni siquiera, un biopic en concierto); nos sentamos ante un hombre de base cuatro que, simplemente, recrea versos existentes para recrearse a sí mismo como músico, como actor, como persona, una que no niegue su angustia sino que la abrace para seguir escribiendo desde el pentagrama que (paráfrasis) «Yo no quiero volverme tan loco… cuando me empiezo a quedar solo».
Paulo César Polo Chávez*
*Paulo César es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.
(1) En Yendo de la cama al living, escrita y compuesta por Charly García
(2) En Influencia, versión en castellano de Charly García de la original Influenza de Todd Rundgren
(3) Ibíd
(4) Ibíd
(5) En Cuando ya me empiece a quedar solo, escrita y compuesta por Charly García
(6) Octavo álbum en estudio como solista (1996) de Charly García; y, desde ahí, nuevo estilo, álter ego, filosofía creativa del cantautor, hasta entrados los años dos mil
(7) Ver nota 1
(8) Tercer álbum en estudio como solista (1984), de Charly García
(9) En Para quién canto yo entonces, escrita y compuesta por Charly García




