«Los Cuatro Letras», obra escrita y dirigida por David Carrillo, acaba de estrenarse en Teatro Racional, en montaje producido por Yestoquelotro. Se trata del segundo texto escénico de David, en formato regular (tiene otro par de originales en coautoría con Federico Abrill); y al igual que su primera creación dramatúrgica («Lo que nos faltaba»), se nota el carácter sumamente personal de esta pieza, en la temática íntima, en el discurso, en el acercamiento a los personajes, en la puesta en escena.

El elenco está integrado por David mismo, Anneliese Fiedler, Omar García, Marijú Núñez, Jóse Spigno y Almudena Carrillo (la propia hija de David, autora, además, del afiche de la temporada). La compenetración del equipo se aprecia tanto en escena como fuera de ella, en la jovialidad de sus interacciones con la prensa y más público asistente al preestreno de temporada.

A nivel de texto y montaje, la obra parece estar edificada a partir de dos variables fundamentales: el espacio y el lenguaje; y ambas, en modo lúdico. El ámbito que ocupa cada personaje, el nombre de cada cual; la disposición física en el escenario y las sub áreas en él, en conjunto, pintan una arquitectura dramatúrgica atravesada por los vínculos personales amicales y familiares. Estos puntos son abordados a continuación (alerta de spoilers).

La obra nos sitúa en el reencuentro de cuatro amigos, miembros/as de un círculo íntimo de tiempos universitarios, en específico, un grupo indisoluble de cuatro estudiantes de Estudios Generales Letras de la PUCP y que, en virtud de ese nexo, se autobautiza con el apelativo que titula la pieza escénica.

Abel (David), Olga (Anneliese), Rosa (Marijú) y Hugo (Omar) comparten dos años de jornadas de estudio, distensiones, borracheras, amores… hasta que el acceso a facultad divide sus rumbos no solo académicos sino espaciales: pasan de compartir un mismo pabellón a seguir rutas distintas cada cual. A través de los años, mantienen contacto, pero ya no es lo mismo: el desapego del nido común refuerza el vuelo de cada una de estas aves. Abel se hace publicista especialmente creativo; Olga, una lingüista rigurosa inclusiva, humanista; Rosa, una pedagoga con ambición académica y apegada a sus entornos; Hugo, un abogado con maestría en el exterior, con aires arribistas.

Pero hoy se reúnen nuevamente como cuando deambulaban por el pabellón L de Pando y caminaban por El Tontódromo (la via peatonal que atraviesa la sede de norte a sur, de sur a norte). Abel acaba de sufrir un infarto cerebral que desencadena en una hemiplejia que lo limita motriz y verbalmente: medio cuerpo paralizado y una afasia que le impide articular más allá de dos sílabas. El quiebre físico y el lingüístico convergen explícitamente y disparan el ritmo y discurrir de la pieza que vemos, en buena parte, en tiempo real. Los contrastes entre este laconismo y la elocuencia de sus pares (y la fijación correctiva de Olga) potencian el impacto del encuentro: Olga presiona y golpea con su voz; Rosa parece deslizarse en paso y palabra (a veces, con una celeridad que dista del paso de su café); Hugo parece brincar entre interjecciones telefónicas y modulaciones por momentos desbordantes.

A lo largo de casi veinte años, cada uno frecuenta a otro/a de vez en cuando; mas, como grupo, se ven las caras por primera vez en el espacio que los acogía fuera del campus universitario y que perdió piso junto con la pérdida del vientre común: la casa del padre de Abel, heredada por él. Y el recorrer del tiempo parece no mellar los tejidos de este grupo, sus abrazos, sus inhibiciones escatológicas exentas de rubor, sus chistes internos que nos hacen tomar conciencia que no somos parte de él mas que lo tenemos muy cerca. Cuatro amigas/os se sientan de nuevo a la mesa, la misma que recibía sus tertulias, sus desavenencias; sus partidas de Scrabble, un juego eminentemente lingüístico cuyo reto es directamente proporcional a las letras con que se construye, y a los dilemas de Los Cuatro Letras.

En esta ocasión, la partida se adapta a las posibilidades enunciativas de Abel: valen solo vocablos de dos sílabas. Y cada palabra evoca una retahíla de memorias, presente, complicidades, rupturas, a pesar de la dimensión pequeña de cada fraseo. Cada turno nos acerca a los hilos hilvanados por las/os protagonistas; cada nueva palabra de solo cuatro grafemas, al trasfondo particular de sus aventuras y de sus rencillas, a secretos develados incluso para alguna/o de ellas/os. La economía del lenguaje parece plasmarse en virtud de su potencialidad expresiva multiplicada por la “simpleza” de su estructura: «Menos es más». Y Scrabble, como pasatiempo endémico a este grupo entrañable, plasma una perspectiva metateatral en la cual cada participante desempeña un rol no solo en el juego sino en la interacción que impulsa el decurso escénico. Finalmente, el teatro parte del juego.

Si el lenguaje tiene un rol central en la obra, el espacio cobra un protagonismo no solo en el vínculo de los personajes sino también, y en modo llamativo, en la disposición de ellos y del espacio en conjunto. Desde el inicio, notamos un cuadrilátero en la distribución en escena. Si dos dibujan dos lados paralelos opuestos uno del otro, tenemos en el fondo horizontal dos de los involucrados/as que no ven pero que nos recibe directamente; y otros que parecen completar el recuadro desde afuera con el público. Esa arquitectura plasma físicamente el cuatro, las miradas de cada uno de estos personajes que viran y se desplazan a lo largo de la escenificación. Como anotan Marijú y Anneliese cuando conversamos post función, cada participante está en su silla como las letras del Scrabble se ubican en su atril. Turno a turno, surge una palabra, un recuerdo; un acercamiento al concepto, que transparenta los matices de cada integrante de este círculo compacto pero heterogéneo. Pasamos de esquina a esquina, de mirada a mirada. Cada uno/a es una ficha que va de estación en estación en este cuadrante que las/os articula y nosotros hacemos el recorrido con ellas/os.

Mas ese polígono (hecho poliedro en carne y hueso) se abre. Los Cuatro Letras construyen relaciones que trascienden este núcleo: Abel y Olga (hoy alejados) son padres de Ana Valentina, el vínculo entre ambos; Hugo es pareja de Lena, milenial también asistenta del abodago, hoy candidato congresal. La joven entabla nexo directo solo con Hugo, indirecto con otros personajes. Como apunta David, Lena está en la periferia; y lo notamos en su distribución en el espacio al borde del cuadrante o al lado de este con Ana Valentina; una vez que ingresa a él, la controlfreak obsesiva que abruma al resto y a nosotros como testigos/as se humaniza (su intensidad corporal y vocal aterrizan sus revoluciones). No es integrante original de Los Cuatro, pero aparecce como letra de reemplazo o complemento: mientras Hugo parece descomponerse cada vez más, y sale físicamente una y otra vez del cuadrilátero, Lena se posiciona en la silla del candidato, y cobran mayor naturalidad la también obsesiva Olga, la romántica (para mí al menos) Rosa; luce menos constreñido Abel.

Mientras tanto, Ana Valentina atraviesa el recuadro, sin quedarse en él. Se para de costado, pasa al lado, se detiene en el rededor mientras dialoga con el centro con semblante sosegado. El único personaje con nombre polisilábico parece absorber las risas y tensiones que afloran más y más en los otros conforme el valor de las palabras del juego (y el juego de palabras) crece exponencialmente. Pero la aún adolescente (de 18) no acepta permanecer en los términos que se recrea… y no gusta que se le trate con sobrenombre de cuatro letras («Prefiero que me llames Ana Valentina»). David mismo señala a Ana Valentina como un personaje ancla entre los otros cuatro (luego, percibo yo, entre los cinco). Y ella, la más joven, aborda la pérdida de equilibrio de las/os protagonistas con mayor sensatez y madurez que sus pares adultas/os; no necesita pararse en el medio del recuadro para tener perspectiva nítida de sus aristas pegadas con ungüento endeble. Y surgen develaciones cuando apunta al centro.

En conjunto, espacio y lenguaje dialogan en complicidad para construir un universo íntimo de personajes que los apreciamos como un todo, más allá de las individualidades de cada uno y los conflictos que surgen por las particularidades de cada uno. David crea y recrea en escena una obra que parte desde un impulso por conectar coincidencias del número cuatro con vivencias propias del autor, con sus apegos más cercanos, a través de una pieza en torno de la familia que se construye más allá de la sangre y dentro de esta consanguineidad, de los anhelos alcanzados y frustrados.

Estamos ante una pieza que estuvo esperando su momento y su espacio, que necesitó atravesar los lazos propios impostergables, incluso forzados, por un encierro pandémico que llevó a David y a su familia a un tablero de Scrabble; una obra que, como este juego que la articula, se fue pasando gota a gota. Presenciamos un homenaje al tío paternal postrado por una hemiplejia que vio David crecer y que detona una historia no para lamentarse sino para construir desde la nostalgia. «Los Cuatro Letras», así, en masculino (apelativo que Olga abraza, sin desmedro de su discurso lingüístico inclusivo), nos lleva al patio de Letras de un David de 19 años que atesora su formación en Estudios Generales y traduce ello en hilos amicales entrañables, afiatados más allá de la erosión propia del tiempo; un acercamiento en modo cuadrado a esa experiencia universitaria de cuatro letras (PUCP), a un círculo concéntrico habitado ahora por agentes externos que lo oxigenan; atravesado por una visión juvenil salida de su propio entorno nuclear y que lo atraviesa para darle asidero sensato, una mirada de 18 años que hoy le permite dejar sus vértices entreabiertos, para sincerar su perspectiva como espacio interno tejido entre amor, sexo, dolor… como el Scrabble, circundado por un tablero cuadrado atravesado por letras que componen conceptos más allá de ese molde. Cada quien, desde la butaca, puede hilvanar sus dos sílabas, frasear su recuerdo; yo me senté, como hace años, al pie de la Rotonda de Letras.

«Los Cuatro Letras» nos recibe de jueves a sábado a las 8 pm en Teatro Racional (Av. Balta 170, Barranco, a un paso de la estación Balta, precisamente, del Metropolitano), un espacio tan acogedor como el de Abel, Olga, Rosa, Hugo, tan permeable para acogernos como a Lena; con una frescura que permite apreciar y atravesar sus recuadros, como Ana Valentina.

Paulo César *

*Paulo César Polo Chávez es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.